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Desmitificando las nanas

 

La nana, o la canción de cuna es una pieza musical de ritmo suave y relajante que se ha usado desde siempre para arrullar a un bebé y ayudarle a dormir. Todas las culturas del mundo tienen sus propias formas de nana, adaptadas a las estructuras rítmicas y melódicas propias de la música folclórica de la zona. Es por ello, que este tipo de canciones se han considerado como las adecuadas para cantar a los recién nacidos y los niños más pequeños, pero, ¿Qué hay de cierto en eso?

Según Subirats (1992) La evolución musical de los niños y niñas comienza desde los primeros meses de vida, mediante la relación interpersonal íntima que se da en las canciones de cuna cantadas por los cuidadores/padres/madres de los bebés. A través de estas canciones llegan al bebé elementos musicales tales como compás, ritmo, sonoridad, o contornos melódicos ascendentes o descendientes, los cuales pueden activar su estado general o la actividad motora, tranquilizarlo y arrullarlo. Es por este motivo que padres/madres/cuidadores optamos por cantar nanas o piezas musicales “para bebés”, no obstante, en muchas ocasiones, el número de piezas que conocemos es escaso, y acabamos cantando siempre las mismas una y otra vez. Esto supone limitar la variedad musical que escucha nuestro bebé y esto está muy lejos de ser “lo mejor”.

Si nos detenemos un momento en la definición, observamos que la característica que hace que las canciones de cuna sean óptimas para nuestros peques son el ritmo y la melodía, un ritmo suave y relajante y una melodía adecuada al estado general del niño/a. Pero esta característica no esta presente únicamente en las canciones de cuna. Dentro de la música, encontramos gran variedad de piezas que presentan estas características y por tanto, van a ser adecuadas para cantar a nuestros peques. ¿Podemos cantar nanas? Por supuesto, pero no debemos limitarnos a cantar únicamente este tipo de pieza musical, sino que podemos optar por escoger otras muchas canciones, dentro de nuestro repertorio personal para cantarlas a nuestros hijos/as.

Eso sí, debemos tener en cuenta varias premisas:

  1. Que sean canciones de ritmo suave y sin contrastes de ritmo (muy lentas o muy rápidas o con cambios bruscos).
  2. Fáciles de cantar: con melodías sencillas, sin saltos bruscos de notas.
  3. Seguir un registro medio. Las investigaciones que se han realizado en recién nacidos sobre las reacciones a los sonidos muestra que son capaces de discriminar los parámetros de sonido de intensidad y altura. Las frecuencias graves tienen un efecto más relajante que las agudas.

Con esto beneficiaremos en múltiples sentidos a nuestros hij@s y a nosotros mism@s. Eliminando la presión autoimpuesta de aprender y conocer muchas canciones de cuna, ampliando la variedad musical que el bebé recibe desde el nacimiento y creando un vínculo único con él/ella, al poder variar y adaptar la letra según su necesidad (baño, siesta, cambio de pañal, hora de dormir…) elaborando así nuestra propia banda sonora familiar.